poludio

poludio

9.1.12

Lo que sé
















Siempré habrá
alguien más fuerte,
más sabio, más rápido.
Y con 1.85 m. ni siquiera serás el último en la fila.
Estudiarás, te recibirás con honores,
abrirás tu consultorio,
ponele, de kinesiología,
y bajará un huesero de la etnia cherokee
a espantar a tus clientes.
Quedarás al borde de la ruina
y el intachable indio amasará una pequeña fortuna.
Probarás con el ateísmo,
con el alcoholismo,
intentarás abandonar el mundo con el alpinismo,
estar más cerca del sol
o de dios según tu credo,
y cuando hayas hecho cumbre en el Tronador,
encontrarás envases, restos, porquerías
de un holandés que llegó primero.
Te enamorarás perdidamente de la chica
más linda, le dirás que la amás,
tus sentimientos serán correspondidos
por un breve período de tiempo,  
al cabo del cual, otro te suplantará.
Te enfurecerás,
le propinarás a tu contrincante
una andanada de patadas,
como esa vez en la barrera de Vicente López
cuando estabas de traje y mocasines,
pero vendrá un loquito inestable y te pegará un tiro,
o te arrancará una oreja.
Y cuando te pongas a narrar tus proezas,
a fantasear con la sintaxis
en un lenguaje florido lleno de oropeles,
o frío y epigramático,
un viejo poetastro del tipo Hugo Mujica obtendrá todos los galardones.
No pierdas el tiempo volviéndote malo
o excesivamente bueno,
siempre habrá un extremista peor.
Hagas lo que hagas
nunca serás el primero,
ni siquiera en saber esto.

2.1.12

poem

Through the aquarium´s front window
the black and yellow fish
stares at taxis go by.
(Holderlina, 1999, Libros de Tierra Firme)

9.12.11

lo mejor de la fecha o a Zelarayán lo conocí de atrás

Televisión, mucha televisión,
tabaco y agua mineral.
Noticieros: enguascados, atornillados, picadillo.
Películas: ensartados, descuartizados, fagocitados.
La gran depiladora de ideas.
Y, a partir de la muestra de.
Lo que de casualidad llega,
la cabeza que reflexiona sobre una idea que se apoltrona.
Me fui antes porque me dolía la poesía...
El público: 142 caballeros de anteojos idénticos + torta rapada
+ gorda que se atasca y cierra dando un portazo
+ anciano muy versado en el arte del lechazo que me interpela:
"ay, esa es manera de entrar?”

Zelarrayán,
con la uña del dedo mayor se rasca una verruga
en la coronilla, resopla.
Está sentado adelante mío. Miro la coronilla arrugada,
averrugada. Vuelve a repetir la operación.
Mi novia aprieta los ojos.
La engancha con la uña y la remueve,
después se mete el dedo en la oreja
y sacude la mano para destaparse el oído.
Eso es todo.

29.8.10

depto.21/Ernesto





En algún momento, mientras estiraba el cogote para empujar un pedazo de pizza reseca, Williams Burro tuvo que levantar la mirada del plato en dirección a la incipiente telaraña que estaba tejiendo laboriosamente el artrópodo arriba del cuadro y preguntarse cómo andaba Ernesto. Desde ahí que lo llama Ernesto. Un hallazgo puramente nominal atravesado por un atracón de mozzarella que en ese momento no le pareció obra de un talento inusitado, pero bueno, tampoco hizo mucho para remediarlo. Yo le hubiera puesto Pipo. De haberme recuperado de la distracción hubiera optado por el apodo de un amigo fumón que sube y baja las escaleras motorizado por impulsos similares a los de Ernesto.

Williasm Burro desde hace dos años convive con Ernesto. Cuando vuelve del trabajo lo primero que hace es alzar la cabeza e intentar localizarlo. A simple vista, la telaraña que construyó su huésped no obedece a un patrón de diseño. Es una mancha inclasificable que se extiende entre la pared y el marco del cuadro. Pero Ernesto no es un póster enmarcado arriba de la puerta, o la cara impresa en una remera, Ernesto es una mascota en libertad ambulatoria, un zapatazo de Damocles que pende sobre su cabeza.

De ser como lo definió Yolanda, con ese hallazgo puramente nominal atravesado por el atracón de mozzarella cuando levantó la mirada del plato en dirección a la incipiente telaraña que estaba tejiendo laboriosamente el artrópodo arriba del cuadro y no tuvo mejor idea que definir su género y su nomenclatura preguntando ante la indiferencia exasperante de Williams Burro cómo andaba Ernesto y no cómo estaba Martita... es decir, si es macho a esta altura le parece un poco puto. Nunca lo vio introducir el espermatóforo con sus pedipalpos en las vías sexuales de alguna dama. Tampoco tuvo pareja, amistades o interacciones con otros seres vivos a excepción de las estrictamente necesarias que se desprenden de las acciones que emprende contra los insectos, o mejor, de las agresiones que emprende contra los insectos y las voces, porque no le queda otra alternativa que convivir con ellas, señalándolo, nombrándolo desde los sillones que se encuentran debajo. No mantiene relaciones cordiales con  el entorno. Él tampoco. Cuando viaja extraña sus cosas, su cama, sus libros y los ruidos de las veinticinco parejas de cucarachas con sus proles que conviven en emergencia habitacional.


El fumigador tiene prohibida la entrada. No comulga con sus medidas draconianas. Cuando el administrador toma disposiciones de conjunto referidas al despoblamiento de insectos y manda al fumigador a tocarle el timbre un sábado a las 8:30, Williams Burro no abre, no piensa en abrir. Pero tres veces le golpea la puerta, y el repiqueteo machacón de las tres andanadas de golpecitos espaciadas cada veinte segundos ponen nervioso a cualquiera. Entonces abre y alzando un brazo señala el departamento de al lado. Las cucarachas están todas en el 22, dice. Cucarachas de un metro cincuenta, aclara. El petiso le contesta con una risita nerviosa y él cierra dando un portazo.
En el 22 hay tres inquilinos. Abuelo. Hija. Nieto. El cadáver insepulto del roedor de Itatí. Una india transculturizada que bajó de Corrientes flotando en un camalote y alta llanta, el troglodita analfabeto con poder de análisis de un matarife que escucha cumbia de la mañana a la noche.

Ernesto se esconde para pasar inadvertido. Aun así, no descuida el hilo de seda que monitoriza las vibraciones. Tañe el hilo con una pata izquierda. Cuando capta alguna transmisión sale disparado en dirección al insecto que cayó en desgracia. Antes de lanzar el golpe letal estudia el tamaño de la presa y se detiene a la espera de una señal imperceptible. Si estima que es el momento adecuado, se abalanza sobre el bicho y lo paraliza con un pinchazo en la nuca, pero sólo si el insecto que quedó adherido a la telaraña que tejió laboriosamente el artrópodo Ernesto hace más de dos años entre la pared y el marco superior del cuadro titulado “cuadro amarillo con auto chocado”, es de dimensiones considerables. De lo contrario, si es del tipo de insecto insignificante pasa a recolectarlo cuando tiene ganas o deseos frugales, como un jardinero que pasa sus días erradicando malas hierbas.

Aprieto los ojos y espero a que se apague la alarma de un auto para seguir adelante…

El huésped de Williams Burro sale poco y sólo con el fin de alimentarse. No conoce bicho más antisocial ni cazador más solitario. Sale cuando no hay extraños, detesta a los invitados u otra voz que no sea la de él. Pasa el día al acecho o generando reacciones rápidas, y la noche trabajando a cielo abierto. Come y descarta durante el día; teje, come y descarta durante la noche. Saca la basura entre las 10 pm y las 4 am rigurosamente. Mantiene la red en condiciones de higiene ejemplares, a excepción del patio trasero. El cementerio de los insectos está lleno de cadavercitos.
En invierno sale únicamente cuando enciende la estufa. No sabe si se sofoca a raíz del calor que va subiendo lentamente desde el tiro balanceado por detrás del bastidor, o el invierno raciona el aprovisionamiento de insectos, primero tornando infructuosas las incursiones nocturnas en busca de alimento y después adormeciendo los impulsos diurnos hasta entrada la primavera. Su mayor proeza fue hacia finales del verano cuando atrapó una langosta que lo duplicaba en tamaño; pasó 28 horas trabajando sobre el cadáver como un taxidermista. Cuando concluyó, la arrojó al vacío. Williams Burro escuché el impacto pedregoso del cuerpo desecado de la langosta contra el parquet y alzó la mirada con un latigazo cervical. La había arrastrado hacia los lindes de la telaraña y sin más dilaciones, tirado a la basura. Después engordó exageradamente y estuvo una semana sin salir de la cueva.

Williasm Burro mira a Ernesto. Le sorprende su longevidad. Piensa en la tenacidad de un espíritu imperturbable, en su vida que pende de un hilo. Le dice: Todo es lo que parece poco, Ernesto. De esa abstracción salta a otra y después a otra y en algún momento se da cuenta que no tiene, ni tuvo, ni va a tener alma. Esa cosa medio inmunda que trajeron flotando en barco de España con la firme convicción de asistir a los indios, de engrandecer la comunidad católica de habla castellana; una camiseta que no se pone, ni se puso, ni se va a poner. Entonces sí, le queda bien el nombre Ernesto.


20.7.10

mi amigo Luisito

Para evitar influencias de obras literarias, películas o piezas de teatro, Williams Burro no lee libros, ni va al cine ni al teatro. Cuando quiere presenciar un evento cultural pasa por el kiosco de la esquina. Con los primeros compases de la democracia, la primavera alfonsinista, Luisito y Polo heredaron el local de Lacroze y Alvear y pusieron un Kiosco. Luisito es peronista. Polo antiperonista acérrimo. Luisito aguanta los trapos de la unión latinoamericana, cita a Evo y Chávez con devoción proselitista. Polo dice que son dos negros de mierda. Luisito labura a la mañana y Polo por la tarde. Oficialista a la mañana y opositor por la tarde, el kiosco es el lugar más democrático de Villa Ballester. Al mediodía hacen la caja y discuten encarnizadamente hasta que se ponen de acuerdo en no dirigirse la palabra. Todos los días la misma historia. Al mediodía Williams Burro pasa a ver la performance de Polo y Luisito. Son hinchas de Tigre y cree W. B. que es la única anomalía que se erige en torno a un núcleo de odios inconciliables. Pero seguro que su defección heterodoxa no tiene nada que ver con el fútbol.
Hoy el cabezón Alberto, que es lo menos, decía que las fans le roban los calzoncillos de la soga de la terraza. Polo estaba concentrado leyendo Olé mientras Luisito atendía a una vieja. "Che, cuánta pavada dicen acá:´Éxodo defensivo´... Fontanello no está hace rato, San Román se fue como 10 veces y de Fondacaro venció el préstamo. ¿Noticias posta, no hay?" Y dijo Luisito: "Olé y TYC, todos son unos putos, ya van a caer y van a dar información de Tigre cuando le cerremos el orto y este torneo demos que hablar... todo vuelve gente, tranqui, no pasa nada aguante El Matador".

12.7.10

maradona


Como daba por sentada la tolerancia cruzada de los enteógenos que hube y habría de consumir durante el fin de semana, al día siguiente decidí cuadruplicar la dosis de la última sesión. Ya recuperado del día anterior, ingerí en ayunas diez gramos de hongos secos, resecos. Al cabo de media hora comencé a percibir las primeras alteraciones visuales, junto a un adormecimiento de las piernas y una irritante sensación de claustrofobia.
Salí al campo. El objeto de mi visión era reemplazado por el objeto que había visto hacía un instante. Como si lo hubiera grabado, rebobinado y vuelto a pasar. Esto lo pude comprobar cuando se nubló momentáneamente la tarde y la cosa que estaba mirando –un árbol añoso– se encontraba iluminado por el sol. Si salía el sol, la paleta de colores secundarios se volvía incandescente, a la vez que la complejidad de las formas se simplificaba con una síntesis de colores planos. Esos flashes imprevistos bajaban a mi campo visual a modo de diapositivas. Apenas si me faltó escuchar el click del obturador y la apertura de diafragma cada vez que se interponía en mi campo de visión no una foto sino una nueva diapositiva.
Y lo más grosso: de repente se produjo un aumento y bajada de tensión en el circuito eléctrico del cerebro, provocándome una especie de espasmo neurológico. Entonces sí, el cuadro de situación encajaba en otro nivel de conciencia. Era una breve excursión interdimensional encuadrada perfectamente por mi campo de visión. Ingresaba en una zona ausente. Pero no variaban los colores ni las formas, sino su esencia, que se degradaba entre un pesimismo zumbón que no alcanzaba, por ejemplo, la hondura existencial de la mescalina, y la carcajada desencantada segregada como alivio o sintetizada por el organismo para descomprimir una situación que podía llegar a ser dolorosa, si esa mano invisible que lo guiaba, decidía seguir escarbando en la memoria, con el único propósito de revivir la enumeración de humillaciones y asumir su origen miserable.
De la actividad cerebral al trance cruel. Cuando los transmisores cerebrales se empastaban saltaba como un resorte de la cama (pues a la distribución de embotamiento en brazos y piernas, seguía un estado de impulsividad espectacular) y me iba a caminar por el monte. Esa determinación no duraba mucho, a continuación la actividad cerebral actuaba como depresor de dicha euforia, la aplazaba, y volvía a la cama entre ensoñaciones estéticas. Cuando me estiraba en la cama se agudizaba la sensibilidad dérmica: sentía que no era el cuerpo el que se acaloraba o irradiaba temperatura, sino el humano cuerpo el que ingresaba en zonas y franjas de temperatura elevada, penetrando primero con una mano y en seguida envolviéndome el rostro y a continuación los restos del cuerpo. 


De introspección poco y nada. La intoxicación no me proporcionó sensaciones trascendentes, sino una permanencia en el límite, como si al scrum de pensamientos cotidianos le faltara valor o una explosión de vitalidad para ingresar y permanecer en otro nivel, donde las inquietudes tienden a ser de naturaleza espiritual, quizá intelectual, pero con seguridad despojada
s de toda ironía.

A la gilada a drogarse enseñándole. A 
drogarse enseñándole a la gilada. Enseñándole a drogarse gilada a la. Drogarse a la gilada enseñándole a. Gilada enseñándole a la drogarse a. Enseñándole a drogarse a la gilada.

No pudiendo ingresar por ningún intersticio decidí que había que arruinarlo todo. Calenté la cuchara, ajusté la soga, (primero aparté las impurezas que flotaban en la cuchara con un método infalible) y mi ayudante terapéutica me clavó la aguja con precisión. El pelotazo en el cerebro fue instantáneo, espantosamente incompatible con el éxtasis fúngico de la psilocibina, quedé empantanado en un entuerto de tironeos. Fue lo más alto que pude saltar, arañar con la punta de los dedos la lamparita que siempre pende echando poca luz sobre las cosas de la cabeza.
Algunas etapas que pude aislar claramente: en el campo visual, la saturación de ciertos matices va acompañada de un agotamiento en las extremidades / durante el sueño crepuscular una aterciopelada esponjosidad de los colores / de la excitación sexual al desenfreno (mi ayudante terapéutica huye gritando por el campo) / las visiones con ojos cerrados se suceden a la par de vagas molestias estomacales / a mitad de la sesión me agarró un bajón similar al provocado por un atracón de cocaína / la irrupción de alucinaciones con ojos abiertos se ven correspondidos con una mirada apocalíptica de las cosas: si veía una baldosa agrietada entre los pies, ponía en duda la seguridad de los cimientos y miraba con desconfianza la loza que se extendía por sobre la cabeza; o si amarilleaba una mata de pasto por falta de riego, tierra rostizada creía percibir a mi alrededor. Ese color de la tierra tenía un sonido y después ese sonido otro color. Sinestesia que le dicen. O neurocirugía a cielo abierto. Al final, esa mirada pesimista se fue deshaciendo en plácida calma, y los espasmos neurológicos en pensamientos razonables.
Una persona optimista lo hubiera pasado bárbaro, lo que se dice un buen viaje. Yo, por temor, me aferraba a un cinismo virulento; supongo que al ser la psilocibina una droga disociativa, el yo ante el peligro inminente de su disolución se aferra con todas sus fuerzas a lo conocido –y no es muy conocido su optimismo– provocando en el ánimo de este psiconauta una sensación de inconformidad y de tristeza que me obligó a replantearme la vida en un peligroso estado de afectación. 


Tuve enemigos refulgentes. Inseguridad y picos de pánico. Burla de todo y de todos. Visión de los hombres como simplistas nadando en un mar de tecnicismos terminológicos. Paranoia sensual. Visión de la belleza que sólo crece en los basurales. Revolver esa basura o esa belleza sabiendo que ya no hay a quién lastimar. Pánico del televidente frente a la pantalla en blanco por un corte en la señal. Bajones que se dan un pico con el hocico blanco. Intromisión de planos de videoclip. Colores vibrantes, hipersaturados, risas y sarcasmos de crueldad inusitada. Frases inacabadas en capas de pensamientos. Afuera un lagarto overo escapó ágilmente entre los yuyos, y en seguida las manchas de humedad en la pared cobraron vida monstruosa. Esas manchas se asemejaban a la cartografía genómica de un animal reventado contra la pared. El planeta rostizado giraba ensartado en la escoba de una bruja colorada. Y la bruja barría un baldazo de leche tibia que diseminara su envergadura. 


Al final, pensé que los tesoros más codiciados del mundo se encontraban en los exhibidores iluminados del 24 hs. Me atacó un apetito canino y un deseo irreprimible de comer cosas dulces. Agarré el auto y manejé en estado de intoxicación hasta dar con un almacén.
Quizá un porro al principio y otro hacia el final de la sesión le proporcionó al viaje un tinte opaco, un empastamiento y una ralentización de los desplazamientos intelectuales, (empantanamiento de la oralidad). Mi ayudante había huído empavorecida como el lagarto entre los yuyos. Los movimientos laterales de una rama agitada por el viento me provocaron los últimos sobresaltos, antes de recuperar la serenidad, equilibrio, mesura, etc., estupidez de siempre. 

27.3.10

Viaje directo al día de mi muerte

    Agarré el cactus tratando de no pincharme y puse manos a la obra.
    Lo corté en rodajas y le saqué las espinas. Como no podía ser de otra manera, me corté con el cuchillo y me pinché con las espinas.
    A continuación me puse a preparar el primer banquete de degustación etílica y gastronómica. Es decir, la decocción de cincuenta centímetros de trichocereus tercherskii. Descartado el núcleo, herví el primer centímetro de corteza. Como tenía que hervirlo al menos durante cuatro horas, miré hacia el costado y me senté en una silla. Tensé los muslos para inclinar la silla hacia atrás y estiré el cogote para mirar a través de la ventana. Vi unos manchones oscuros y, obedeciendo un impulso, volví a poner la silla en cuatro patas y me levanté de un salto. Mientras se cocinaba la comida en una olla gigante consideré oportuno salir a caminar por entre los árboles. Agarré en dirección a los islotes de hojarasca que había visto acumulándose debajo de los árboles. Avancé agachando la cabeza para esquivar las ramas y ahuecando una mano para protegerme los ojos. Siempre creí que ese crujido de hojas secas debajo de los pies que tanto extrañaba y recuerdos me traía, conservaba la pureza de los sonidos, el registro auditivo del solitario y ameritaba unos cuantos raspones en la cara. Pero a medida que avanzaba y me internaba en el monte detrás de la casa, percibí cómo la naturaleza circundante también impartía su belleza con una ligera opresión. Me cruzó una ráfaga de malestar y, sin más dilaciones, decidí volver al refugio tibio de la cocina para revolver el caldo. Tenía el semblante adusto y el firme propósito de iniciar el tratamiento lo antes posible.
    Después de cuatro horas de hervor quedó en el fondo de la olla la decocción pastosa y verde que se correspondía con la medida de un chopp. Colé el brebaje humeante en un chopp. Quise bajármelo de un trago pero no pude. Era lo más inmundo y repugnante que probé en la vida. Hice buches para disimular su sabor amargo. Me acomodé en un sillón a esperar la primera sensación extraña inducida por las propiedades enteogénicas de la mezcalina. Me preparé para soportar el enorme y doloroso peso de una transición interdimensional: una pesadilla, una experiencia de muerte.
    A la media hora, la cara comenzó a irradiar calor, el parpadear obturaba fogonazos de luz bajo los ojos, y sentí las piernas levemente adormecidas. Traté de dominar las arcadas para potenciar el poder de la pócima, pero ese cóctel de espiritualidad chamánica me cayó mal. Al cabo de cuarenta minutos y por espacio de dos horas vomité ocho veces. No eran vomitonas sin importancia. Vomité hasta las castañas de cajú de la pasada navidad. Las arcadas y las convulsiones se repetían con mayor frecuencia. Me movía en el sillón tratando de encontrar una postura que me aliviara. Sentía el hígado hinchado y a punto de estallar, como si un globo ocupara todo el costado derecho sobre el cual fuera imposible apoyarse por el dolor. Nunca tuve un dolor de estómago semejante.
    Toda la capacidad intelectual estaba puesta en vomitar y en tratar de recomponerme. Las dos horas siguientes las pasé sentado debajo de la ducha, tratando de concentrarme en los desplazamientos bruscos de la cabeza y en los espasmos que sufrían mis extremidades; temía romperme la cabeza y que surgiera algún hilo de sangre. Era consciente de que no tenía el control y que podía herirme accidentalmente.
    No tenía voluntad para moverme y me asaltaba el terror recurrente de no regresar nunca de la excursión. Sólo me concentraba en tratar de superar el malestar corporal. Salí gateando del baño y avancé en cuatro patas hasta una habitación. Estaba completamente ciego. Me subí a la cama y cerré accidentalmente los ojos a causa de las convulsiones. ¡Guau! exclamé. Y ahí empezó el trip.
    Superado el trance de purificación o de limpieza, la serenidad que advino fue una revelación en sí misma. Lentamente las arcadas desaparecieron, las convulsiones se fueron aplacando y las imágenes caleidoscópicas lo invadieron todo. Entonces, supe que ya no me sentía tan mal y me dejé llevar por las imágenes que variaban según la posición y el movimiento del cuerpo, o la luz que se filtraba a través de los párpados. Durante siete horas no hice otra cosa que mirar. Las alucinaciones se sucedían en un campo sembrado y acariciado por una leve brisa. A partir de ahí el plano se inclinaba, las figuras que se mecían acompasadamente por la brisa hacia un lado y hacia otro cambiaban, eran reemplazadas continuamente por otras, se oscurecía o aclaraba el paisaje del cuadro, se producían invasiones de colores y formas, pero toda la secuencia se ajustaba a un plano con figuras cambiantes que se mecían en un balanceo sincrónico. En ese mismo soporte apareció una garra inmensa, y por detrás surgió en dos oportunidades una sombra, un cono envuelto en una capa oscura que no pude ver nítidamente pero que asocié a una persona, un gigante a mis espaldas. Girara la cabeza hacia un lado o hacia otro buscándolo, huía de las miradas frontales, escondiéndose a una distancia prudente, anclado a noventa grados de mi ángulo de visión. Había leído que era mescalito, el espíritu del cactus, o sencillamente la muerte. Madame la Morte, pensé.
    Más tarde me arrepentí de no haber preguntado algo, como aconsejan experiencias más avezadas. Tan absorto estaba frente a la belleza novedosa, tan contento de haber superado parcialmente el malestar, que me olvidé de formular la pregunta por la que había venido. Después supe que no era así. Si bien no tuve claridad para preguntar objetivamente ya que aún estaba aturdido por la dosis terapéutica, mescalito (o como prefiera llamarse a ese estado de percepción aguda), me sugirió la respuesta a una pregunta que me venía obsesionando desde hacía años. Me fue insinuada sutilmente, es decir, no sabía qué quería preguntarle, pero toda mi energía estaba enfocada desde hacía tiempo en esa dirección, y recordé que durante todas esas horas el pensamiento de fondo era el mismo.
    En las partidas de defunción de mi abuelo materno y de mi madre, quedó asentado que ambos habían muerto como consecuencia de una trombosis mesentérica, a la misma edad, incluso el mismo mes, con espacio de seis días; y treinta años. Ahora yo, intoxicado con una buena dosis de alcaloides psicoactivos quería averiguar mi suerte. Es decir, ¿moriría presa de las convulsiones y despanzurrado como un pescado para que me extrajeran de la barriga ocho metros de intestino inconsistente como le sucedió a mi madre?
    El destino de mi pregunta se había vuelto la pregunta de mi destino. De las alteraciones visuales: formas, ubicación de las sombras, colores y sutiles cambios de matices, me resultó difícil obtener una respuesta clara, o la respuesta no puntuaba razonablemente entre el sí y el no occidental y cristiano al que estaba acostumbrado cuando preguntaba alguna cosa y me respondían instantáneamente, como apretando un botón, sino que se manifestaba en términos de poesía.
    Voy a reventar como sapo en la leñera.
   Por un lado, las imágenes del viaje inmensamente bellas y placenteras, por otro los dolores abdominales, claramente premonitorios ya que se mantuvieron durante toda la sesión.

13.12.09

fotos

    Un tipo inestable, quisquilloso, maneja un camión de garrafas. Nombre desconocido. Por la jeta, amigos y compañeros de la empresa de gas donde reporta, podrían llamarlo el moncho Fernández o el yacaré Obelar, si fuera correntino. Todo el día los artefactos campaneándose atrás de la espalda. “¿Dónde estaciono el camión de garrafas?”, piensa el troglodita con el poder de análisis de un matarife pero buen corazón, mientras mira cruzar una manada de gordas, una banda de perras en celo. Fuma. Siente el calor que le abrasa los labios. Busca escupir el cienfuegos coronitas por la ventanilla. Gira la cabeza y encuentra a Williams Burro en su campo visual, lo observa como si fueran de especies distintas. Williams Burro baja la mirada en una representación de clemencia. A otro rubro zoológico pertenece la perra castrada gorda a punto de estallar que lo mira con la sabiduría que no tiene el estado de crispación absurda inducido por la lectura de Clarín y La Nación en el metabolismo del farmacéutico que se clava tres tabletas de pastillas para los nervios. Mientras el moncho mueve los brazos, el farmacéutico observa la congestión de tránsito con un severo gesto de desprecio, como quien mira a otro cortarse la uñas en el colectivo, o descubre unas zapatillas con resortes en los pies de un integrante de su familia. El camión no estalla delante de la farmacia. La perra vuelve a alzar las orejas aliviada y el ruido del escape se diluye lerdamente a la vuelta de la esquina. Quedó nada. Quedó el farmacéutico parado en la ochava de Andrés Lamas y Sarratea con las manos y un atado de prejuicios en los bolsillos. Quedaron residuos en las miradas que se cruzaron, dolores escritos en los huesos que se articularon, pasajes cerrados al desplazamiento de las maquinaciones que no prosperan pero ahora renacen en los ojos del chofer del camión de garrafas que avanza hacia el bajo Boulogne y sube los vidrios. Del chofer que a W. B. le clavó la mirada pastosa que usó para seguirlo a través de los ojos serenos de la perra pelada del farmacéutico, quedó nada. La cabeza cargada de ideas que no germinaron, quedó el cerebro torcido bajo el efecto de las meditaciones. Quedó una interjección que olvidó citar anteriormente: ¡eh, eh! Hasta no poder seguir la ilación de las frases…
Williams Burro ahora está en Málaga, Andalucía y tuvo un extravío mientras esperaba a Dimitri Vasíliev. Proveedor de garrafas se dice butanero; garrafas, bombonas; farmacia me parece que se dice igual. Todos los días El País y La Vanguardia conspiran contra el paquistaní que atiende el estanco Pedregalejo de Juan Valera y Avenida de Elcano.
¡Eh, eh! repiten




18.7.09

título: familia ingalls
autor: germán kramer

11.4.09

el corazón de las cosas









Caminando por la vieja arenera de San Isidro vi algo que cambió el curso de mi conversación con los modelos mentales. Era la complexión vital de una forma transformada por el agua o por el fuego. La exaltación del rojo por el verde de los pastizales y sobre todo un componente de crueldad, un ingrediente agreste me llevó a racionalizar poéticamente sobre el origen. Era un pedazo de plástico del tamaño de una víscera, del color de una víscera. Al alzarlo me di cuenta que era un macizo conglomerado de pequeñas formas fundidas por el fuego. Al girarlo en las manos me di cuenta que tenía una vitalidad inagotable. Era más que un pedazo de basura arrastrada por la corriente del río. Lo metí en el bolsillo de la campera y emprendí la vuelta. Lo saqué y lo observé meticulosamente. Pasé los dedos por las circunvoluciones de su musculatura. Todavía tenía arena de río en los pliegues. Pastizales-río-arena. Fantaseé con la corriente ancestral del Río de la Plata. Pensé que sólo en lo filosófico y especulativo predomina el mito a expensas del componente histórico y humano. Con la mitad del territorio cubierto por las aguas y la otra por el fuego, el concepto de transformación era el más válido para explicar su esencia, para reducir su ser a un común denominador. Dicho de otro modo, si cargaba ese objeto de sentido, en qué me estaría transformando.

22.3.09

había visto suficientes porquerías,
habían dejado de gustarle casi todas las cosas.
había vulgarizando deseos más puros
las cosas empezaron a andar mal y después a empeorar.
o primero a andar mal, después a empeorar.
no importa.
esa lectura lo intoxicó durante años, lo afeó.
del parche tirante del bombo
nació un pecho lleno de bebé
con todos los pensamientos que nacen
de la funeraria idea de la muerte.

casi la queda.
en lo gubernativo
ahora su hermana lo cuida y lo disfraza,
le compra ropita en Bensimon
que él se pone obedientemente
por la humana cabeza o las piernas de langosta,
a veces
de camino a la estación se da cuenta en alguna vidriera,
le queda como el orto

la muerte con lucidez no entra,
entrará con un cuadro de embotamiento,
que como bebé para durar despierto
se frota los ojos sin logro ni efecto.

pero eso tampoco le importa.

25.2.09

se desmenuza la merluza

entré en el blog de la poeta. está muy apurada la poeta y escribe interpolando pifias de tipeo en frases largamente meditadas. que no faltas de ortografía. eso nunca. horror. la poeta va a la facultad de literatura y es re así nomás. en una de las entradas se pone beligerante y postea una serie de lugares donde reciclan baterías de laptop y de teléfono y pilas de mp4. la poeta tiene laptop y celular y mp4 y está muy preocupada por el deterioro del medio ambiente. aunque no tanto como para postear sobre la guerra mundial africana por ese infausto mineral que se utiliza en la fabricación de teléfonos móviles y aparatos electrónicos.

el coltán. la atareada poeta escribe así re desprolijo, decontracté. tiene cosas importantes que hacer antes de perder el tiempo con el blog. a veces reenvía cadenas de mails tocantes a temas sensibles.“un millón de firmas para prohibir la matanza de animales”. nunca se le ocurriría prohibir iraquíes para evitar la matanza de un millón de firmas; y eso que es poeta.

entré en otro blog, después en otro y en otro. los blogueros más sagaces optan por hazañas pseudo existencialistas en el barrio de Villa Crespo. a los comentadores de libros les gusta mucho Once y Villa Crespo. los encuentran fecundos, auténticos. nos cuentan de qué manera un corto que vieron en el MALBA les expandió el horizonte intelectual. la nueva camisa fucsia que compraron en la feria de Palermo.

el filósofo under quiere a través de una película que nos recomienda enfáticamente, rodada en el condado de Nebraska por un director desconocido, tomemos plena conciencia de nuestra condición mortal y a través de esta nueva concepción de la vida y de muerte valoremos cosas que él cita elípticamente.

acá cagamos la fruta.

el filósofo que se hace el under quiere seducir al gran público sin perder credibilidad entre sus pares. fantasea con la sintaxis. hablar de fútbol es más pulenta y bardero que escribir acerca de la sanción a la nueva ley de bosques. esta temática y problemática no tiene glamour oncológico ni ontológico.
el filósofo que se hace el under abrió talleres literarios y artísticos en Palermo, pero analiza severamente las contradicciones en las que incurren las políticas culturales del gobierno.
al comentador de libros latinoamericano, negro, subdesarrollado, le gusta Céline, le gusta Berlín. una ciudad a escala humana, camaradería berlinesa, y esa conjunción histriónica de nazismo, arte, locura y muerte que encuentra tan receptivo para el campo del arte.

el comentador de libros se tomó el S41 en Landsberger Allee. se bajó en Ostkreuz y tomó el S5 para el lado Westkreuz y se bajó en Warschauer. tomó el U1 para el lado de Uhlanstrase y se bajó en Schlesisches Tor. En una estación llena de turcos, Kottbusser, escribió: la belleza es otra cosa. y si no el sistema qué, pensó. su novia lloraba.

Tolo, la ausencia de un bosque atrás primero te irrita y después corta la respiración. no hay donde recostar la mirada. viste a Evo en el foro social mundial del 2002 en Plaza Houssay. aquella noche volviste caminando solo y lleno de bríos. te das cuenta que él está luchando en la realidad contra enemigos que vos combatís en la ficción. ahora que dejó de ser una amenaza ¿de qué nos disfrazamos? mejor lo matan así sacamos una solicitada de repudio en el diario del periodista del Maipo. título: evocando a Evo. el gordo siempre te ha tenido en gran estima y ante cualquier descalificación hacia con tu persona, el gordo Lanata se dilata. el comentador de libros irrumpe en un círculo aún más conservador que sus propias ideas. quedan pocos. las más viejas son más jóvenes que él.

Céline o Celan. Celan o Céline. Céline y Celan. siete cinco. dos seis. siete cinco. siempre le faltan cinco para el punto a Nalbandián. hoy me compré 3 pares de medias por 6 pesos. voy a reventar el post.

20.12.08

taplán de marimbana

abrir el tupper y meter la cuchara












espolvorear
mezclar bien

Dirán, "yo conozco la harina de hueso y la ceniza de"... ¡No! ¡Éstas son cenizas de huesos!... Emulando el comportamiento de Shaman para con su desafortunado amigo Ivory, en la enternecedora How High, yo saqué a mi familia del aparador y espolvoreé el sustrato con sus cenizas. ¡Mis antepasados inmediatos! ¡su hijo dilecto! a ver qué pasa...
Siempre dije: los voy a llevar al sur que les gustaba tanto, y me contenía pensando: no voy a enchastrar un arroyo cristalino con eso, entonces me dije, los tiro al tacho y listo, pero tampoco me animaba a tanta crueldad... Por añadidura, cuando vienen las amigas de mi novia, señalando las urnas, la gastan con bromas de tipo: "vos sí que te llevás bien con tus suegros, eh". Cuando aparece la señora, vuelca la lata y junta las cenizas del piso con la palita. Las cosas no podían seguir así, entiendanmé...
Entonces, legalicé su uso en la psicoterapia; media taza de Oma para la paraguayita de la izquierda... otro poco del viejo vigor prusiano de mi padre para esas dos debiluchas de ahí.
Más allá del tono incongruente que anima este patético relato, obviamente cierto de por sí (ver relevamiento fotográfico y epígrafes a pie de electropágina), va a ser cosa rara contemplarlas crecer, tal vez florecer violentamente y finalmente, fumar... No digo que a través de esta ceremonia propiciatoria me vaya a comunicar con mis ancestros, no, pero, por lo menos, cargaré esas caladas de sentido y gratitud... (risas).
Del mismo orden es la creencia en las virtudes de la salmuera procedente de la salazón del cadáver de un santo Lama. Impregnarse en sangre, revolcándose desnudo en una superficie ensangrentada, por el descuartizamiento de un cadáver, asegura una larga vida... (son risas)

Avezados dirán que sube el ph, los más avispados que baja la electroconductividad, a ciencia cierta no lo sé, colegas, ¿y qué? hasta habrá algunos que se burlarán de mi impericia, y eso sí, los más de mi escritura. No, che, a estos últimos les diré que mi chiste trasciende el hecho artesanal y penetra a las metafísicas regiones de lo estético-plástico y lo poético-expresivo, anhelando respuesta para mi angustia existencial, de frente a un inconmesurable misterio que no logramos aprehender. (cálices de son risas).

6.12.08

ESTAR DEL LADO DEL SAPO



Germán Kramer. a Holderlina, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1999, 71 páginas.

Los poemas del primer libro de Germán Kramer son breves y resultan inquietantes porque con ellos el autor se inserta en un espacio intermedio entre una agotada “poesía sobre el poetizar”, y la adopción beligerante de una estética determinada, e interviene, de esta manera, en los debates teóricos y estéticos contemporáneos. Así, Kramer busca su lugar entre la adopción de una voz que mima por momentos el gesto pretendidamente ingenuo o irresponsable que caracteriza a los poemas de algunos jóvenes pop y que expone la pura superficie como si fuera la única posibilidad de decir, y la apuesta fuerte por una escritura que se aproxima a la enunciación discursiva directa y “que está decidida a llegar al fondo de la cuestión para saber”.
Entre el hacer, el saber y el percibir se escriben los poemas de Kramer. Lo que se quiere saber es lo que está más acá y más allá de la percepción; lo que se quiere hacer es decir eso que hay, que es también hablar de lo que no se percibe porque no está o está desaparecido. El poema presenta, a partir del instante de la percepción, un concepto, que si aparece como carente de afecto es no sólo porque rehúye lo sentimental y su profundidad dramática para remitirlo a su materialidad de pequeño detalle minimal, sino también porque el afecto se concentra en el hecho puro hasta mimetizarse con el ojo que percibe y recorta su fragmento de real.
En estos poemas los objetos, escenas o situaciones presentadas remiten siempre a un más allá que es a la vez referencial y simbólico. El aislamiento de situaciones y palabras apunta a una revalorización de lo desgastado en el lenguaje por el uso y abuso. Por eso la reducción a mínimo opera como un zoom que acerca el detalle, lo aísla, lo presenta en gigantografía, para que vuelva a decir algo. Por eso también el afecto, en la medida que se ha convertido en otro clisé, se retiene por detrás de la voz.
“Panamericana/ hombrecitos de VITAL/ hallaron sangre y tejido humano/ en la sangre y tejido humano de un hombre”: desde el asombro de que el hombre retenga características de lo humano, hasta la comprobación de informe médico-policial de los restos de una pelea entre hombres, el poema se atiene al dato, un dato bruto y puro al mismo tiempo, en el que la referencialidad del detalle resalta el poder de condensación elíptica de la imagen. Da cuenta simultáneamente de la violencia y de la redención: cuánto de bestia, cuánto de humano hay en el hombre, en sólo tres líneas. Se puede decir que Kramer se asemeja en esto al imaginismo: busca sintetizar en una imagen algo que está más allá de ella, algo del orden de la reflexión, la pregunta, la sensación. Cuando las preguntas, las sensaciones y las reflexiones se encadenan hay una indagación por el saber, una investigación acerca de lo que hay. En estos poemas, que pueden leerse, en la línea de los primeros imaginistas, como haikus urbanos (un “complejo intelectual y emocional en un instante de tiempo”, en la definición de Pound), esa pregunta cristaliza en una imagen que se presenta engañosamente como pura superficie, y juega con su poder de reverberación, con los efectos de luz en los ocelos de la imaginación de quien lee.
De este modo el poema, funcionando como una superficie de fijación que detiene momentáneamente el flujo, la velocidad y la distancia, intenta ver en filigrana la luz que hay detrás de toda luz (“toda luz/ tiene una luz a sus espaldas”), jugar los trompe l´oeil de figura-fondo, luz-sombra, superficie-profundidad (“revelación/ el detalle irrumpió en el ojo/ y no tenía una visión abarcadora de las cosas./ hasta hace poco creía que había cosas ocultas./ no hace mucho descubrí que no hay cosas ocultas./…”), y convertir al lenguaje poético en esa superficie de autoindagación, para hacer, como decía Hölderlin, y reafirma Heidegger en su lectura del poeta alemán, de “esa tarea (poetizar), de entre todas la más inocente”, aquella que corre el riesgo de hacerse cargo de “el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que dé testimonio de lo que es”, es decir, para hacer lo real en el lenguaje. Se podría decir que es eso, desde el principio, estar del lado del sapo: “en la esquina de casa/ Lula saltó arriba de un sapo/ y lo reventó./ todos se acuerdan/ de olvidarse/ pero yo desde ese día/ estuve del lado del sapo.”

Anahí Mallol, Diario de Poesía nº56


para leer un fragmento del libro hacer click ACÁ

29.11.08

delitos leves

cargo
veinte iraquíes,
dos afganos,
tres venezolanos
en el tanque de mi fiel NISSAN.
reviso el aceite y el vinagre.
agarro la circunvalación,
cruzo toda la ciudad
por una pinta de stout.






vuelvo a tientas,
lijándome los huesos
contra paredes encaladas.
en el espejo:
el pelo sucio,
la barba crecida,
la claudicación moral de un bárbaro.






emitiendo sonidos guturales,
infrahumanos,
Laura se sacó la remera
y le aflojó el corpiño a Ceci.
Manuel sin short se tiró de cabeza,
jugamos al voley en bolas.
con los pepinacos en agua clorada
nos sentíamos libres,
el tiempo se había detenido...
pero bastó que dijera:
“¡todos a la cama!”
para que me miraran como a un bicho raro,
un depravado sexual.






me asalta una duda,
un cuadro leve de indecisión mancha mi vida monacal.
dejo a todos en la pileta
“¡voy a darle la mano al obispo!...”
“ajajaja”.
al atravesar las puertas batientes de la cocina
cambio de opinión:
voy a la habitación donde se cambiaron las nenas.
la ropa está revuelta sobre la cama.
alzo una bombacha aureolada de efluvios virginales,
la huelo,
respiro hondo, pienso:
la mejor flor.






¡a-rro-rro mi gnomo!
hay un canciller Orgasmo
que balconea en mi bragueta.
esgrimo mi primacía sexual
entre adolescentes acaloradas,
las someto a un tanteo meticuloso.
dejo la pornografía al alcance de las niñas,
le musito a mi sobrinita:
vamos a jugar al caballito,
¡vamos a jugar al caballito!
le musito a mi sobrinita
que ya emplumó una pelusa incipiente
y una pilosidad púdica en la conciencia.

¡qué dicotomía antitética!
¡qué binomio antiestético!
el viejo indecente, la niña inocente.






Jo me observa con ferocidad.
corro detrás de Jo
la encaro y me trabuco
finjo
que no me salen las palabras para tratar de seducirla,
demostrarle lo mucho que me intimida,
lo realmente impresionado que me deja.
pero no es boluda,
es la menos boluda de las tres.





sigue ACÁ

8.11.08

Badolato



















Un día de sol que rajaba la tierra, yo estaba en el bar Centrale, esforzándome por entender a Tonino, que hablaba con el convencimiento que forja las grandes epopeyas de la historia pero con una pasión y seriedad que decepcionaba. Tonino, el hijo de la comadre Conchetina.
Tal cual, por lo que pude entender después de hacer un esfuerzo sobrehumano: un capo de Renault -el de largo pelo blanco y ensortijado-, iba a casarse con una ragazza de Soverato, el pueblo vecino.
La fórmula uno me piace ma non troppo.
–Germano, una domanda, ¿Qué auto tienes en la argentina? –me agarró Agazio por el otro lado.
–Yo tengo dos –dijo Tonino.
–¿Tienes telecámera? –quería saber Agazio.
–Yo tengo tres –se apuró Tonino, alzando la mano y sumando el dedo anular a la V de victoria.
Por ejemplo, si Agazio cometía la imprudencia de comprar el chisme más insignificante y después la infidencia de comentarlo, Tonino le preguntaba en seguida cuánto le había costado. Naturalmente, el otro siempre le decía un precio mayor del que había pagado, y este le contestaba con un gesto de triunfalismo berreta. Ésa es habitualmente la mecánica de conversación en el bar Centrale.

Todo cambió cuando una lagartija se asomó a observarnos. Agazio recogió un puñado de piedritas y comenzó a arrojárselas. La piedritas rebotaban en el muro que estaba detrás. Con cada impacto la lagartija tomaba la precaución de girar la cabeza para observar el muro. Agazio me miró y se rió. Agazio era más inteligente que la lagartija.

–Signorina ¿a che hora posso prendere il pullman per andare a Badolato Superior? –le pregunté a la chica de la barra.
–Alle tre –pensó un segundo-; no, alle cinque.
Miré el reloj.
–¿Dove ferma?
Señaló la vereda de enfrente, dejando entrever una tupida mata de pelos rojizos.
–Grazie.
–Prego.
Al salir, la masa radicular del brazo de la signorina se convirtió en una imagen que me asaltaría con picos de excitación y de rechazo durante el resto del día.
Caminé pisando corchos hacia la luz del día. Era demasiado para mis pobres ojos locos.
Eran las tres de la tarde y podía, una de dos: bajar a la playa y achicharrarme hasta la hora que llegara el pullman o emprender la subida de a pie: seis kilómetros cuesta arriba bajo el sol y achicharrarme igual.
Elegí esto segundo y emprendí la subida caminando a buen paso por un camino asfaltado de a ratos, que serpenteaba con curvas y contracurvas más cerradas que el dialecto calabrés hasta alcanzar la cumbre donde se asentaba el pueblo y volver a descender por detrás de montañas lejanas que conectan con pueblos vecinos como el de Santa Caterina que, en días límpidos uno podía ver nítidamente, entrecerrando los ojos o poniéndose la palma de la mano a modo de visera.
Como si se pudiera dividir y engañar el cansancio para que no fuese demoledor, logré administrar las fuerzas apelando a un truco de la infancia que consistía en dividir el camino en etapas imaginarias.
Cuando ya sólo me faltaba un kilómetro de ascenso, en una de las últimas eses que hacía el camino vi alzarse el pueblo, magnífico sobre el abismo.
Estaba sudando como un queso y me había detenido a contemplar el impactante conglomerado de casas apelmazadas entre la montaña, el verde azulado de los olivos y los hilitos de agua de los arroyos que bajaban.
Eran montañas facetadas por la naturaleza y cortadas en rebanadas por la ambición del hombre: se alternaban partes amarillentas de montañas rotas por los aludes y otras por los desmoronamientos infligidos en la construcción de terrazas de labranza.
Me saqué la remera.
Con el pueblo frente a mis ojos y la hazaña al alcance de las manos me sentía Superman. Empecé a cantar una canción de Zambayonny: “soy superman y me chupan la pija”…
Repentinamente frenó un jeep que bajaba en dirección opuesta a la mía, y me sacó la sonrisa que llevaba puesta. Puteé.
Era Antonio Gallelli, el padre de Agazio y Tonino, en un Mitsubishi blanco.
Dijo algo que no hubiera entendido sino fuera porque señaló el sol y con el dedo índice atornilló y desatornilló la sien.
-La montagna –señaló con el dedo.
-¿Il giardino? –le pregunté.
-Si.
Vamos, pensé, cambiando de plan en un segundo.
Entré en el jeep. Volví a golpearme la cabeza y lo acompañé al huerto de la montaña desde donde pueden verse todos los pueblitos de la región.
Iba a buscar verduras, o eso intuí ya que no hablamos una palabra durante todo el trayecto.
Cada tanto murmuraba palabras incongruentes, yo giraba rápido la cabeza, él emitía sonidos antigramaticales y respondía en voz alta a algún pensamiento silencioso. Al rato dejé de escucharlo.
Antonio era un tipo viejo encorvado sobre el volante, una antigualla con la mitad de la cara paralizada por un tiro que le había dado el cuñado en su juventud, presumiblemente para ajustar una cuenta pendiente.

Me puse a pensar en Antonio y Conchetina… tienen otras dos hijas en Santa Caterina, no me acuerdo los nombres… ponele A y B. El esposo de A es primo del esposo de B. Los dos son miembros de la ´Ndrangheta. El primero estuvo preso, después salió… si traicionó o descontroló la distribución y el trasiego de pastas, eso nunca nadie te lo va a contar. A raíz del incidente le enviaron una rosa negra. Se sabe, una rosa negra es una sentencia de muerte segura. A los pocos días lo amasaron en la Via Nazionale. Me reí... después imaginé los titulares de la Gazzetta del Sur: “su vehículo fue tiroteado en la carretera principal por dos desconocidos que se trasladaban en moto”. El esposo de B también estuvo preso y salió... pero este entró y salió, entró y salió, entró y salió como cuatro veces. En el pueblo nadie te va a contar el porqué, eso seguro… hace poco volvió a caer preso en Catanzaro, dicen las malas lenguas por vengar la muerte de su primo.

Hace frío y sopla viento arriba en la montaña.
Entramos en la casa y me ofreció un vaso de vino casero.
-É buono ¿no?
-Il meglio vino del paese –dije.
Afirmó con la cabeza y salió dejando el vaso de vino a la mitad.
Lo vi a través de la ventana meter lechugas, cebollas de verdeo y huevos en una bolsa de plástico.
Yo terminé el vino y salí detrás de él.
Nos paramos entre las vides y dijo alzando el brazo:
-Li, Isca.
Giró sobre sus pies y señaló en otra dirección:
-Li, Santa Andrea y la, Badolato.
Yo señalé en la última dirección, un pueblito que apenas se distinguía en la montaña.
-Santa Caterina -dije
Y mientras se acuclillaba para cortarle el cuello a un par de cabezas de lechuga que se parecían a Tonino y Agazio, me dijo:
Un padre puede alimentar a cuatro hijos pero cuatro hijos no pueden alimentar a un padre.
Mierda, pensé, un pensamiento inherente a la raza humana que no todos tienen la franqueza de confesar.
Yo sólo escuchaba las opiniones contrarias a mi pensamiento, en consecuencia sospechaba que las de él debían estar erradas porque se parecían peligrosamente a las mías.
Estaba equivocado.
Agregó:
Antes de la guerra lo único que comprábamos eran fósforos y sal.
El mar detrás de mi espalda.
Sin saber qué decir pero paralizado como generalmente me dejan las observaciones de un solitario me di la vuelta para ver el mar.
Sólo avivaban el atardecer de junio los chirridos negros de los escuadrones de golondrinas y el zumbido de los moscardones.
Después se levantó viento. Y la certeza de que el convencimiento de un loco pesa más que la vida de cien mil almas.